Una jirafa bajo el Vesuvio – Rai Expo

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“El “muslo de jirafa” al que se refiere este vídeo es seguramente el descubrimiento más sorprendente hecho por un grupo de arqueólogos de la universidad estadounidense de Cincinnati, dirigidos por Steven Ellis. Desde hace casi diez años, Ellis y sus colegas estudian una zona de la antigua ciudad de Pompeya anteriormente poco considerada por los arqueólogos, la de Porta Stabia. Era lo que en una ciudad de nuestros días se llamaría un barrio de clase trabajadora: viviendas modestas, tiendas y talleres, posadas.

A poca distancia se encuentra el barrio de los teatros, los templos y del foro, que era el centro de la vida cultural de Pompeya. En lugar de concentrarse en las estancias nobiliarias, como suele suceder en los estudios arqueológicos, el trabajo de Ellis está desvelando preciosos detalles sobre el estilo de vida de las clases medias o medio bajas de la sociedad de la antigua Roma. Y también sobre sus hábitos a la mesa.

A principios de enero, de hecho, Ellis ha presentado en la conferencia de la American Archeological Association los resultados de las excavaciones en los fosos de desechos donde acababan las basuras y los restos de las hosterías y las estancias a lo largo de dos muros de separación de la zona de Porta Stabia. En suma, casi dosmil años después los arqueólogos han hurgado en la basura de los habitantes de Pompeya y han encontrado los restos de las últimas comidas consumidas antes de la erupción del 79 después de Cristo que destruyó la ciudad.

Había, naturalmente, alimentos económicos y comunes como cereales, fruta, frutos secos, olivas, lentejas, huevos de gallina. Había carne y pescado en salazón procedentes de Hispania. También mariscos, erizos, pero sobre todo un muslo de jirafa, el único jamás encontrado en un yacimiento arqueológico importante de la Roma antigua. Como ha explicado Ellis a los periodistas con ocasión de la presentación, «el hecho de que una parte de este animal, ya descuartizado, haya llegado a la cocina de lo que parece un restaurante ordinario de Pompeya nos cuenta no solo que existía un comercio de animales exóticos y salvajes a gran distancia, sino también la riqueza, variedad y posibilidad de elección de las dietas populares».

Pues sí: que los romanos (o pompeyanos) más ricos comiesen todo tipo de manjares y animales exóticos, como los flamencos, no es novedad. Pero los arqueólogos siempre han pensado que a las clases populares no les llegaba más que sopas y bazofias. En realidad, igual que ocurre hoy, el alimento exótico se servía y apreciaba en todos los barrios.

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