La agricultura no es un museo – Rai Expo

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“Serán menos chic, pero los productos de la tierra son cosas que los italianos hacemos especialmente bien. Como la moda o los coches de carreras. Y aunque varias décadas de publicidad y muchos artículos y transmisiones televisivas nos han acostumbrado a pensar que el campo es una especie de museo donde el tiempo se ha detenido en la época de nuestros abuelos, las cosas cambian. En realidad, siempre han estado cambiando. Como en la moda y los coches de carreras, nuestra agricultura siempre fue una bella combinación de tradición e innovación, pero sobre todo de importación y adaptación de cultivos procedentes de todas partes del mundo.
De hecho, si tuviésemos que fiarnos solo de los productos originales “del terruño”, esto es de nuestra península, podríamos contar con alcachofas, hinojo, alguna lechuga, quizá manzanas y poco más. Todo lo demás ha llegado de fuera, testigo de una historia cuando menos agitada, y de la gran variedad de ambientes naturales presentes entre los Alpes y el corazón del Mediterráneo.
Los pueblos neolíticos que desembarcaron algunos miles de años antes de Cristo en las costas de Apulia traían consigo la agricultura y grano, guisantes y lentejas domesticados en el Próximo y el Medio Oriente. Los colonos griegos trajeron la vid, procedente del Cáucaso, el olivo y el peral provenían de Asia central. El melocotón, originario de China, llegó a través de Persia en época romana. En la Edad Media le llegó el turno a los árabes, que llevaron a Sicilia los primeros cítricos y el arroz procedentes de Asia oriental, las berenjenas de la India y la sandía del África tropical. En el siglo XVI llegaron de América maíz, patatas, tomates (domesticados en nuestro sur), pimientos y calabazas. A finales del siglo XVIII fue el turno de la fresa, un híbrido creado en 1765 en el jardín botánico de Versalles a partir de dos fresas silvestres, una de Virginia y otra de Chile. En los años setenta del siglo XIX llega el kiwi, originario de China, del que nos convertimos rápidamente en los máximos productores mundiales. Hasta hoy, con los primeros cultivos de mango en Sicilia.
Todas estas plantas, mediante infinitos cruces y selecciones, las hemos sabido adaptar a nuestros climas, a nuestros suelos, a nuestros parásitos, a nuestras técnicas de cultivo, a nuestros gustos. Mucho hicieron las generaciones de agricultores desconocidos, pero todavía más grande es nuestra deuda con los agrónomos que desde las primeras décadas del siglo XX las han mejorado gracias entre otras cosas a la posibilidad, antes inexistente, de cruzar variedades procedentes de lugares diferentes. Y el suyo, como antes el de los agricultores, es un trabajo que no termina nunca. La creación de nuevas variedades es, de hecho, continua, porque cambian los gustos, los cultivos cambian de lugar de una región a otra, llegan nuevos parásitos, o porque se encuentra el modo de producir mejor, o con un menor coste.
Por esto nuestra agricultura no es un museo, y nunca lo fue. Si hoy queremos ofrecer este extraordinario patrimonio de diversidad y de cultura al resto del mundo, no debemos olvidar esta lección. Y tampoco deberían olvidarla sobre todo los nostálgicos de una agricultura del pasado, que miran con recelo a cualquier innovación. Si se publicitan bien —y la Expo de 2015 es una ocasión extraordinaria para hacerlo— nuestros productos de la tierra pueden contribuir a la recuperación de nuestro país. Pero ningún paso adelante se ha dado nunca, en ningún campo, volviendo atrás.”

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