La patata, el mayor tesoro de los incas – Rai Expo

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“Hasta 1569 nadie conocía la patata en Europa. Cuando llegó, después del descubrimiento de América, no fue acogida inmediatamente por sus méritos, había incluso quien afirmaba que era venenosa. Fue llevada a la corte del Papa y allí la conoció Sixto V, quien encargó a un botánico estudiar mejor sus posibilidades de uso. Y así por mérito de Pierre de L’Écluse, el especialista en cuestión, que la llevó a varios países como a Francia y a los Países Bajos, comenzó a apreciarse aquel alimento sospechoso.

Hacia fines del siglo XVI eran bastantes los consumidores de patatas, por ejemplo los marineros, que apreciaron el hecho de poder llevarlas consigo en sus viajes.

Pero existían muchas resistencias y prejuicios. Todavía en 1630 el Parlamento de Besançon en Francia proclamaba «Visto que la patata es una sustancia perniciosa y que su uso puede provocar lepra, está prohibido cultivarlas en nuestras tierras».

Para el triunfo de la patata hubo que esperar a la llegada de un farmacéutico francés, Parmentier, quien —prisionero de la guerra contra los austríacos, que lo habían alimentado con el tubérculo— se hizo propagandista de aquel producto que podría saciar sobre todo a los menos pudientes.

El rey y la reina le ayudaron e incluso hicieron propaganda adornando sus sombreros con flores de patatas en las fiestas cortesanas. Después el inteligente Parmentier, de acuerdo con el rey, hizo poner a gendarmes de guardia en los campos de patatas, propagando así la idea entre los paisanos de que custodiaban recursos preciados. Los gendarmes se retiraban durante la noche, dejando que quien las necesitase fuera a desenterrar las patatas.

El plato sigue de moda y se lo conoce como “patatas Parmentier”, aliñadas con un poco de mantequilla y perejil.

Las patatas resolvieron las carestías en muchas zonas de Europa: en el Palatinado, en Alemania, y en la Irlanda todavía unida a la Corona británica. Por desgracia, un terrible parásito, el tizón tardío (Phytophthora infestans), atacó a las patatas irlandesas a mediados del siglo XIX, provocando una hambruna terrible que costó un millón de muertos.

Hacia la misma época en Italia, la gastronomía abría sus puertas a la patata tomando ejemplo de los austríacos que ocupaban, como sabemos, grandes zonas de nuestro territorio.

Conviene precisar que las patatas de carne amarilla son buenas para ensaladas y frituras, las de carne blanca son óptimas para las croquetas y para el puré.

A propósito de los austríacos se cuenta esta anécdota: en 1778 estaban en guerra con los alemanes y los soldados de ambos ejércitos sobrevivieron comiendo patatas, pero tiempo después todas las reservas se agotaron. Austríacos y alemanes, finalmente, se retiraron a sus propias posiciones. Y todos decidieron de común acuerdo firmar la paz.”

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